Articulo publicado en nuestra revista, en el Nº 40-41. de fecha 30 DE JULIO DE 2001. En el ESPECIAL 10º ANIVERSARIO  de la revista 

 

ORICHE, VUELTA Y VUELTA

 

MIGUEL MENA

 
 

He viajado hacia el sur para confirmar que Teruel existe y llego a Loscos un sábado de primavera, con los cielos despejados y un cierzo que me trae en volandas desde Zaragoza. A lo lejos destaca por encima de todos los montes el santuario de la Virgen de Herrera, la ermita que vigila unos contornos extraordinariamente solitarios, donde la densidad de población, apenas dos habitantes por kilómetro cuadrado, es incluso inferior a la de Siberia.
Precisamente mi objetivo es visitar dos pueblos abandonados, rodear la sierra de Oriche y conocer el pequeño valle donde reposan Piedrahita y El Colladico.

No veo a nadie mientras extraigo la bici del maletero y la recompongo, colocando cada rueda en su lugar, pero en las proximidades observo lo que debe de ser un lugar de tertulia: un grupo de sillas desvencijadas, agrupadas junto al solanar de un muro, presididas por un sillón de mimbre de altísimo respaldo que parece sacado de la película Emmanuelle. Supongo que estoy en presencia del ágora donde algunos pensionistas, a la manera de un consejo de ancianos, se reúnen para comentar el devenir del mundo la marcha de la liga y las ayudas de la PAC.
El primer punto al que debo dirigirme no ofrece ninguna duda: Mezquita de Loscos aparece en el horizonte, al final de una larga recta de unos dos kilómetros, quizá menos. El viento sopla de costado, y lo hace con fuerza, empujándome hacia el centro de esta estrecha carretera. Loscos es un pueblo expuesto, de los que resisten la batida del viento en la llanura, mientras su pedanía, Mezquita, es de esos otros que buscan el amparo de una ladera para resistir las embestidas del dios Eolo.

Mezquita de Loscos. 1992 (AGP)

 Iglesia de Piedrahita. Año 1992 (Foto AGP)

A primera vista, en Mezquita no se aprecia ningún resto musulmán. Todo lo contrario. La iglesia destaca sobre el conjunto urbano, como dejando claro que, a pesar del nombre, Mahoma no tiene muchos seguidores en la comarca. Como mucho algún pastor de los que han sido reclutados en otros países, como el pakistaní que encontré una vez en Salcedillo, no muy lejos de aquí.

En Mezquita se acaba el asfalto. Un vecino, en la primera casa del pueblo, me señala sin ningún género de dudas el camino hacia Piedrahita. Su indicación tiene un aspecto positivo y otro no tanto: lo perjudicial es que toca encarar el monte y pedalear cuesta arriba, lo cómodo es que al girar a la izquierda el viento me ayudará un poco en la ascensión. La sorpresa llegará poco después porque el camino se interna en un valle cuyas características no había imaginado. En efecto, la ruta que une Mezquita de Loscos con Piedrahita discurre por un paisaje que rompe con el color y la morfología que dominan en esta zona. Este pequeño valle, abierto por un río que unos mapas denominan Nogueta y otros Santa María, podría figurar perfectamente en el Prepirineo o en otras zonas montañosas como el Moncayo. El color gris y rojizo de los montes de alrededor se convierte aquí en un verde frondoso que no sólo ocupa el fondo del valle, por donde discurre el río, sino también las faldas de las montañas solitarias que albergan este pequeño tesoro. La belleza de lugar, lo solitario y desconocido que parece, le dan un valor añadido. Es uno de esos rincones donde la paz se mastica.

   

El camino discurre suavemente, serpenteando por la orilla izquierda del arroyo, sin brusquedades y protegido de los vientos. Sólo de vez en cuando se observa alguna huella humana, restos desmoronados de alguna construcción, quizá corrales que se quedaron sin ganado y sin ganadero. Es un paseo tan agradable que apetece detenerse, mirar hacia el cielo, donde los buitres sobrevuelan los riscos más elevados, y otear el fondo del valle en busca de algún remanso del agua de esos que invitan a darse un chapuzón. Es un paseo tan cautivador que da un poco de pena que se acabe. Lo hace para salir a la carretera que baja de Rudilla hacia Piedrahita. Para encontrar este último pueblo sólo hay que seguir el agua a contracorriente.
Piedrahita ofrece la visión desolada de los municipios deshabitados. Algunas casas permanecen cerradas y con huellas de albergar visitantes durante los fines de semana, pero otras muchas ya sólo son un montón de piedras. La propia iglesia del pueblo sólo mantiene en pie las cuatro paredes y un par de arcos bajo los que da miedo pasar. En su interior se amontonan los escombros del tejado y las vigas que se vinieron al suelo. Apenas sobrevive un pequeño detalle ornamental: una puerta de madera tallada con la imagen de una cruz y varios motivos geométricos. Nadie oficiará aquí un funeral por este pueblo muerto que sólo revive con los veraneantes.

Hoy están por aquí algunos habitantes del fin de semana. Veo coches con matrícula de Zaragoza. Hay un par de perros que ladran. En la parte alta del pueblo, junto a una fuente que brota pegada a una casa, hay dos hombres que me señalan el camino hacia El Colladico y me dan garantías para que beba de la fuente, aunque unos brochazos la definen como “no potable”.

El camino hacia El Colladico se interna en el valle. Al fondo, a la izquierda, la gran muela de roca que marca el perímetro de la sierra de Cucalón. A la derecha, la sierra de Oriche. Aunque las dos son humildes, están sobre una llanura tan alta que sus cerros se elevan sobre los 1400 metros.

Entrada a El Colladico por Bádenas. Foto AGP.1995

Iglesia de Bádenas. Foto AGP.1995

No tardo en encontrarme con el vallado de El Colladico: unos carteles sobre una alambrada recuerdan al visitante que aquello, que en tiempos fue un pueblo, es una finca particular que funciona como coto de caza. Con un tono amenazante, se indica que hay animales salvajes sueltos y que quien traspase la puerta no debe salirse en ningún momento del camino marcado. Se nota que, si fuese por ellos, los propietarios sólo permitirían internarse a quienes pagan por cazar allí, pero todavía les obliga la ley a respetar la servidumbre de paso y consentir que algún viajero solitario se adentre en el valle, siguiendo el viejo camino de Piedrahita a Badenas.

El paisaje es hermoso, pero tanto cartel y tanta alambrada producen una sensación incómoda. En medio de la soledad te sientes como observado, y eso no ayuda a pararse en contemplaciones. Pronto veré a lo lejos lo que queda del pueblo, apenas nada, junto a una nave agrícola y a la casa de los guardeses del coto. Un poco más abajo aparece otro edificio más grande y más cuidado que tiene aspecto de ser la casa del amo, tal vez también el alojamiento para los visitantes.
Uno se pregunta si el destino de gran parte de Teruel, de todos esos pueblos al borde de la extinción, es acabar así, convertidos en fincas de recreo para unos pocos. Apetece cargar la bici con una cizalla y cortar las vallas que encorsetan el paisaje y restan libertad al visitante. Con esos pensamientos desciendo a toda velocidad -la pendiente es grande- hasta la puerta principal de este lugar, la que esta más próxima a la carretera. La dejo atrás cerrándola con cuidado, mientras observo de reojo los mismos carteles que ya vi en el otro extremo. Supongo que no tardarán en poner uno que directamente prohíba el paso, y el que quiera reclamar que pase por los tribunales.

     

La próxima parada es en Bádenas. Hasta allí el viento sopla de cara, y lo hace con fuerza, pero en este pequeño pueblo empezaré a girar para completar el círculo y eso me garantiza que en los últimos kilómetros tendré el cierzo a mi favor. Lo comento con dos ciclistas a quienes encuentro en la fuente de Bádenas. Ellos vienen desde Calamocha y han soportado la furia del viento durante muchos kilómetros, a través de las carreteras que zigzaguean por este territorio alto y frío.

-Por lo menos la vuelta nos va resultar cómoda -comenta uno de ellos-. Si sigue soplando así no hará falta ni que demos pedales.

Nos despedimos con la convicción de que el viento se pondrá de nuestra parte para completar la jornada, y yo lo siento en mis riñones, como si llevara un motor a la espalda, mientras completo el círculo de mi paseo matinal. Dejo a mi espalda el omnipresente santuario de la Virgen de Herrera y me dejo empujar hacia Loscos. Allá está la ermita de San Roque esperándome. No me cruzo con ningún coche en este tramo. Apenas hay motivos para circular por aquí, salvo que quieras sentir el vértigo de la soledad y disfrutar de un paisaje sin domesticar, un espacio duro y salvaje, hermoso como sólo lo pueden ser los sitios que quedan a merced de la naturaleza, casi olvidados por un ser humano que no encuentra demasiados medios para subsistir en estos parajes alejados de los parques temáticos y de las guías turísticas.

 

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